¿Sabes? Me encantas. Y no me da vergüenza decírtelo, ni reconocerlo; de hecho lo gritaría a los mil vientos.
Pero yo grito y no me oyes. Y yo me pregunto, ¿por qué no me escuchas?
En realidad eso es lo de menos. Porque que no me escuches a mí resulta ser el menor de los problemas. Deberías preguntarte igual que me lo pregunto yo ¿te escuchas a ti mismo?
No hago más que pensar en ti, en tu persona, en tus maneras, en tus palabras, en tu sonrisa, en tu conversación, en tus ojos... Y cuando termino de pensar en todo eso, solo entonces, pienso en mí.
No ha cambiado nada desde el año pasado. Absolutamente nada. Eres como el buen vino, ganas con el paso del tiempo.
Y aunque quiera olvidarlo todo, alejarme de ti y obviarlo todo, viene tu entorno y el mío y me hacen recordar que estás ahí. Que mis sentimientos siguen ahí, escondidos tras una piedra, pero ahí.
¿A qué tienes miedo? Quien no arriesga, no gana.
Me recuerda tanto a ti...
No hay comentarios:
Publicar un comentario